La madrugada del 2 de marzo murió el poeta chiapaneco Enoch Cancino Casahonda. Tenía 82 años de edad, pues había nacido el 6 de octubre de 1928, en Tuxtla Gutiérrez. Su poesía es honda: unas veces festiva y otras trágica, pero siempre vinculada a la existencia y al vivir cotidiano. Poeta de su pueblo, su Canto a Chiapas constituye todo un himno, desde su arranque: Chiapas es en el cosmos/ lo que una flor al viento.
Tuve el privilegio de conocerlo, de admirarlo y quererlo, porque a Noquis, como lo conocíamos sus amigos, no se le podía conocer sin quererlo. Era un buen poeta y un hombre bueno y noble. Ética y estética convivían en él.
Lo conocí antes por sus libros. El primero, una Antología poética de 1979. Sus poemas, entonces, me marcaron. Muchos años después recibí una carta suya, fechada en Tuxtla, el 27 de abril de 1995. Me decía, entre otras cosas: Hace unos meses estuvo por Tuxtla Efraín Bartolomé en ocasión de la presentación de su libro Agua lustral que contiene la mayor parte de su magnífica obra poética. Su esposa me proporcionó tu dirección. Ojalá que el tiempo y la vida nos permitan conocernos personalmente.
El tiempo y la vida nos lo permitieron. Nos vimos no en Tuxtla sino en la Ciudad de México, en 1999. Antes, el 4 de septiembre de 1996, a propósito de una cita de Rubén Darío en uno de mis libros, me escribió lo siguiente en una carta: El epígrafe de Darío (Dichoso el árbol que es apenas sensitivo... ) me hizo recordar a nuestro amigo Raúl Garduño, quien solía decirlo con frecuencia, sobre todo cuando las copas le caían encima, lo que era frecuente.
Noquis fue lector asiduo de EL FINANCIERO. El 21 de octubre de 2003 me escribió: Ya hace algún tiempo que no intercambiamos ideas y noticias. Yo sigo tus pasos a través de EL FINANCIERO. Por ese medio me he enterado de la publicación de tu libro Los simulacros de la cultura. Por un comentario de don Víctor Roura me enteré también que por celos bibliográficos no estará a la venta en las librerías ordinarias; por lo que te agradecería mucho indicarme dónde puedo adquirirlo. Ahora, si tú me lo enviaras directamente sería mi mejor regalo por mi cumpleaños 75, el próximo 6 de octubre. Hace un par de meses estuvimos en México, en ocasión del ingreso a la Academia del poeta Vicente Quirarte, a quien no conocía personalmente. La estadía fue de apenas un día. Valió la pena: vi a algunos amigos que tenía tiempo de no ver, como Andrés Henestrosa, el maestro De la Torre Villar, y a Laco y a Elva, que estaban presentes. Yo prácticamente no voy a México, pues a perro viejo no le faltan pulgas. La próxima vez que vaya procuraré saludarte. Entretanto, recibe para ti y los tuyos mi más afectuoso recuerdo.
En los primeros días de diciembre de 2008 estuve en Tuxtla y no lo vi. A mi regreso, muy pronto recibí una carta suya, fechada el lunes 8 de diciembre. Me decía: Querido amigo: qué pena el no poderte saludar el sábado pasado. Cómo me hubiera dado gusto verte. Yo ese día me fui a Villaflores donde me hicieron un homenaje por mis 80 años. Te envío una antología salida en ocasión de los 80; ya conoces la mayoría de los poemas. Este año me ha ido bien en mi feria de vanidades. Me dieron la Medalla Rosario Castellanos. El año anterior se la dieron a Carlos Monsiváis. La presente lleva sobre todo el desear para ti y los tuyos una Navidad feliz y el mejor año nuevo.
También en 2008, pero en el mes de febrero, lo vi en Tuxtla y me obsequió el segundo volumen de sus Recuerdos y presencias. Éste tiene un poema-prólogo de Efraín Bartolomé, en cuyos primeros versos leemos: Casa honda tenía Enoch Cancino:/ casa en el corazón de la Poesía./ Con las alas del sueño y las del vino/ supo del hombre y su melancolía./ Ciertas canciones hondas lo quemaban/ y lo hacían decir con claros nombres/ estas cosas de siempre de los hombres,/ esas cosas que a todos nos nombraban.
En octubre de 2008, en el Teatro de la Ciudad Emilio Rabasa, de Tuxtla, se le rindió un homenaje por sus 80 años y se inauguró una exposición fotográfica. Ahí lo vemos de niño y de joven; junto a Rosario Castellanos, junto a Eraclio Zepeda y Jaime Sabines; con Efraín Huerta, con su esposa Gloria Pérez y con su familia.
Hablamos, por teléfono, en la Navidad de 2009. Siempre gentil y cariñoso; con su buen humor y su bonhomía. Su nobleza era más fuerte que sus enfermedades. La muerte le llegó cuando ya había vivido felizmente. Nos deja en la memoria su poesía y su generosidad.
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