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He de confesar que el título de esta columna, Esto no es la realidad, es un fragmento de una frase que le oí decir a Juan José Millás durante una conferencia sobre periodismo y literatura en un verano de la Complutense en El Escorial, mientras cursaba en España mis estudios de posgrado.
Se me quedó muy grabada, porque la tesis del escritor y periodista español radicaba en que el periódico no es más que una representación imaginaria de la realidad. Así como René Magritte -decía- escribió al calce de su dibujo de una pipa: Ceci nest pas une pipe, al calce de los diarios debería advertir a los lectores: Esto no es la realidad.
Yo realizaba una investigación sobre los límites de la realidad y la ficción en la escritura, por lo que esa sugerencia se me quedó tatuada hasta hoy. Y es que va mucho más allá de lo simple y anecdótico. Creo que la escritura no es más que la vía de acceso a otra dimensión de la realidad; a un mundo paralelo al nuestro; a los universos imaginarios pero por imaginados reales; a esa parte de nuestro ser que se mezcla con el sueño, el delirio, la fiebre e incluso la muerte...
Recientemente, Juan José Millás ha retomado este tema de la realidad ficticia, por así decir, a la que se accede a través de la literatura. En su nuevo libro: El mundo (Premio Planeta 2007), cuenta su larga travesía a través de esos agujeros de la realidad por los que se escapa a través de la imaginación. En una especie de autobiografía literaria, Millás va narrando, en su estilo humorístico y personalísimo que lo caracteriza, cómo fueron surgiendo las distintas novelas que ha escrito a lo largo de su vida. Que es lo mismo que contar la forma en que él -como quizás todos aun sin saberlo- ha sido capaz de vivir una vida aparente al tiempo que otra real: Quizás no he hecho otra cosa en la vida que intentar alcanzar ese otro lado. A veces, sin llegar a traspasarlo, he podido asomarme a él. De eso en parte tratan estas páginas, apunta.
Y es que desde que el pequeño Juanjo descubriera la ventana que se escondía en el sótano de su vecino, por la cual podía observar su calle sin que nadie lo viera y desde una perspectiva única, supo que en el mundo había una vida oculta dentro de la manifiesta. Al igual que el espejo de Alicia es una puerta al otro lado de la vida, el lenguaje es nuestro pasaporte para acceder, o al menos asomarse, a éste. La lectura y la escritura son también espacios desde los que no siempre, pero de vez en cuando, se ve la calle, quiero decir la Calle; o sea, el mundo.
Yo me puedo imaginar, así como Millás veía imágenes donde sólo había letras, en sus primeras lecturas del Readers Digest, al escritor sentado en su ático, escribiendo en ayunas a tempranas horas de la mañana, invadido por la fiebre, reviviendo los terribles y fascinantes momentos que han marcado su vida, y curando esos recuerdos en el mismo acto de contarlos. Recordar los momentos para olvidarlos. Otra paradoja. Cuando escribo a mano, sobre un cuaderno, como ahora, creo que me parezco un poco a mi padre en el acto de probar el bisturí eléctrico, pues la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas.
Dice el también autor de Dos mujeres en Praga que hay libros que forman parte de un plan y libros que, al modo del automóvil que se salta un semáforo, se cruzan violentamente en tu existencia; tal es el caso de El mundo, y el lector, que puede leer esas páginas casi de una sola sentada, puede verse también arrollado por la escritura que ha soñado su autor y que ha llevado a la realidad de la ficción: Sueño a veces con una escritura que me hunda y me eleve, que me enferme y me cure, que me mate y me dé la vida.
Imaginar historias puede convertirse en una enfermedad. Él mismo no hacía otra cosa. Parecía que estaba en clase, en casa, en la calle, pero siempre me encontraba en una dimensión distinta, puliendo una fábula con el empeño con el que la termita construye túneles de madera... La comparación con la termita es oportuna porque yo abría realmente en la superficie de la existencia agujeros por los que me colaba para vivir dentro, escribe Millás.
A veces, en las novelas se filtran fragmentos de realidad que dejan manchas de humedad, como una gotera en la pared de una habitación. Y a veces, diría yo, en la realidad se filtran fragmentos de ficción, de delirio, que te cruzan a través del espejo. Y leer El mundo es como mirar por la ventana desde la cual se puede ver el otro lado de la vida.
*Directora de periodismo en el Tecnológico de Monterrey (mcfernan@itesm.mx) |